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Por suerte, de vez en cuando aparece algún libro de ensayo que no llega del ámbito anglosajón, como el del escritor y periodista francés Pascal Bruckner titulado Miseria de la prosperidad y subtitulado La religión del mercado y sus enemigos. Con este libro el colaborador de Le Monde consiguió el premio Libro de Economía 2002 del Senado francés, aunque en realidad no es un libro ni trata de Economía.
Digo que no es un libro porque la brillante prosa de Bruckner, que invita a leerlo con fruición, lo convierte en un largo artículo periodístico. Otro Bruckner ilustre, el compositor alemán, hubiera elegido una amplia y concienzuda estructura para su obra, pero parece que el francés prefiere la forma de las variaciones sobre un tema. Y el tema sobre el que giran los distintos capítulos es el de las actitudes sociales hacia la economía de mercado, abordando asuntos como el individualismo, la globalización, el estadounidismo...
Y digo también que no es de Economía porque no trata de modelos teóricos ni describe acontecimientos económicos. En realidad trata de Sociología y de Política, de actitudes sociales y de ideologías. La ciencia económica no es relevante para Bruckner porque entiende que actualmente no está en discusión.
Bruckner afirma que la economía es el ídolo venerado por toda la sociedad occidental actual y llama la atención sobre algunas de sus paradojas. La caída del muro de Berlín, exacerbada por los atentados del 11 de septiembre, ha provocado la aparición de dos actitudes enfrentadas, pero que comparten valores comunes. Los defensores de la sociedad de mercado han elevado la economía "de disciplina particular a ciencia total, [...] que ambiciona, como el marxismo, regir lo social, lo político y lo íntimo". Por otro lado, su detractores ejercen una oposición virulenta ya que, "al disponer el capitalismo de una considerable ventaja [...], surge la tentación de imputarle todas las desgracias del momento". En el fondo, la economía es el santo de devoción tanto para sus incondicionales seguidores como para sus más acérrimos enemigos.

Existe frente al capitalismo un descontento generalizado a pesar del enriquecimiento espectacular de la sociedad. Bruckner lo atribuye a la creciente desigualdad. De nada vale tener las necesidades básicas cubiertas cuando existen unos pocos ricos con un poder y un prestigio desmesurados, porque "la indigencia de hoy es la privación de capacidades". La infelicidad es la miseria de la prosperidad, "porque ésta no revierte en ningún beneficio social cuando no es compartida por el mayor número de personas". De ese descontento surgen manifestaciones de oposición de vago ideario y escaso contenido, como el movimiento antiglobalización. Como bien dice Javier Tusell, "en el fondo de las reivindicaciones que aparecen en pancartas y manifiestos se adivina un mundo pluriforme, confuso y poco digno de verdadera confianza, una especie de patch-work de retales de izquierdismo viejo y nuevo pero poco menos que imposible".
También surgen de esa insatisfacción las teorías del complot, igualmente vacuas, "que atribuyen el retorno del integrismo, de las sectas, de las mafias, el crimen a la oscura mano del mercado". Aparecen gurús, como Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, que descubren los secretos de una manipulación gigantesca para atribuirse la hazaña de sacarla a la luz. Como bien afirma Bruckner, "es una equivocación pensar que la gente cree todos los mensajes que recibe".
Para los que se oponen al mercado, Estados Unidos es su gran Satán, porque ese país se encuentra tan identificado con la economía de mercado que parece haberla inventado. América "horroriza y encanta porque encarna los mejores y peores aspectos de la modernidad".
Por su parte, entre los defensores del capitalismo habita otra paradoja. Por un lado, rechazan la intrusión del Estado en la economía y, en calidad de contribuyentes, exigen el control del gasto público, pero por otro le consideran un reductor de incertidumbres. Bruckner la llama la paradoja de Reagan, porque "preconiza la reducción de impuestos al precio de un formidable déficit público, equivalente a un impuesto diferido".
La conclusión de Pascal Bruckner es que es un error haber hecho de la economía la nueva religión y que, por tanto, es necesario desacralizarla, es necesario librar al hombre de la economía. Pero no está claro cómo. Eduardo Robredo señala en El Catoblepas que "Bruckner acude en defensa resuelta del Estado-Nación como legislador de los excesos del Mercado". Yo diría que Bruckner no busca tanto el Estado-Nación como una federación de Estados. Bruckner defiende la necesidad de una actitud proeuropea, no antiamericana, porque América anticipa nuestros problemas futuros, idea que vienen defendiendo varios pensadores franceses últimamente, como Laurent Fabius. Y ya avanza cuáles deben ser los objetivos de esa superpotencia Europea: "establecer una renta mínima universal, redefinir la noción de pensión de jubilación [...], instaurar una institución financiera mundial para combatir el blanqueo de dinero, abolir los paraísos fiscales [...], suprimir las barreras aduaneras que penalizan las exportaciones del Sur al Norte, anular la deuda de los países pobres (a condición de que su importe sea destinado a educación y desarrollo". En fin, que finalmente Bruckner defiende muchas de las ideas de aquellos a quienes critica.
Bruckner arremete contra el economicismo, pero no consigue mostrar que el descontento sea culpa suya. Miseria de la prosperidad es un brillante libro descriptivo, pero falla en llegar a una conclusión válida. La insatisfacción de los que viven en la sociedad opulenta no es culpa de la economía, sino del inconformismo inherente al ser humano. Recientemente, Richard Layard mostraba las conclusiones de diversos estudios, entre ellos algunos del reciente premio Nobel Daniel Kahneman, según los cuales las personas tendemos a compararnos con los demás. En muchas ocasiones preferimos estar peor en términos absolutos si mejoramos en términos relativos con respecto a otras personas. Por eso, aunque la situación mundial haya mejorado, parecen insuficientes "las partículas de oro caídas de la mesa de los potentados" como dice Bruckner. Las posturas extremistas son odiosas, sean cuáles sean, pero debe reconocerse que la ciencia económica de verdad ha ayudado a librar de la necesidad al hombre y el hombre no debe librarse de la economía, sino de sus propios prejuicios.