Reflexiones económicas de alto nivel, orientadas sobre todo a analizar el fenómeno de la Sociedad Red

Vivimos en estos días un dilema moral de gran importancia. Los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU se debaten entre dar más tiempo o no a Iraq para eliminar sus armas de destrucción masiva y de largo alcance. Deben decidir si existe un peligro inminente de que Iraq ataque a varios estados y, si es así, si deben atacar primero. Rusia y, en especial, Francia, han dejado claro que utilizarán su derecho de veto para impedir que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe ya una guerra. El grupo de países liderado por Estados Unidos piensa que es absurdo seguir dando más tiempo al gobierno de Iraq y pretende atacar sin esperar el respaldo de la ONU. Este asunto lleva implícitos algunos aspectos económicos dignos de comentario.
El primero de ellos es el de la motivación que puede tener Estados Unidos para iniciar una guerra. Se repite con frecuencia que Estados Unidos pretende asegurarse un precio bajo del petróleo o incluso quedarse con el petróleo de Iraq. No puedo estar de acuerdo con eso. Es evidente cuál es la motivación de Estados Unidos en este caso. Y no es económica: acabar con aquellos gobiernos que apoyan el terrorismo, en especial, de la índole de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Si no fuera por eso, es posible que ahora no defendiese esa postura, sino un conjunto de sanciones de otro tipo como las que defendía antes de esa fecha. Creo que tampoco debe confundirse con un interés por implantar el orden económico y político que más le convenga a Estados Unidos, los tiempos de la guerra fría ya pasaron. Cuando Estados Unidos acabe con los gobiernos que considera que apoyaron o apoyan a los terroristas de Al-Qaeda dejará de intervenir militarmente.
Otro aspecto es el de las consecuencias económicas de la guerra. Se han hecho dos estudios importantes sobre ello. Uno es del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, del que puede leerse un buen resumen en el sitio del Servicio de Estudios de Deutsche Bank. El otro es del economista William Nordhaus, del que puede leerse una versión abreviada escrita por él mismo en The New York Review of Books.
El primero es relativamente optimista. Considera que la guerra se desarrollará rápidamente, en un intervalo máximo de 4 semanas, con una probabilidad de entre un 40 y un 60 por ciento, lo que contribuirá a despejar la incertidumbre mundial y favorecerá el crecimiento económico para el año 2003. En caso de que la guerra se prolongue más allá de ese plazo, la economía mundial se verá afectada negativamente.
El segundo estudio es más pesimista, y considera que se subestiman los costes posteriores de mantenimiento del orden en la zona, especialmente si hay resistencia, la carga psicológica sobre los mercados y los costes fiscales para Estados Unidos. Nordhaus acusa al gobierno norteamericano de no informar correctamente a su ciudadanía de los costes reales de la guerra.
A estos estudios, realizados a finales del año pasado, debe añadirse el deterioro que puede suponer en las relaciones entre los países occidentales, que generará aún más incertidumbre entre los mercados financieros y sobre las iniciativas empresariales.
En cualquier caso, aunque sea conveniente conocer estos aspectos, no son los que generalmente determinan la posición ante la guerra. Si les interesa saber la mía, les diré que no estoy de acuerdo con ninguna intervención militar que no esté claramente respaldada por la ONU. En este caso, es dudoso que las resoluciones anteriores del Consejo de Seguridad, en especial la 1.441, sean suficientes para justificar legalmente la intervención en Iraq por parte de tres países aisladamente (¿qué quiere decir graves consecuencias?). Además Francia y Rusia habían mostrado su firme decisión de vetar una resolución de guerra contra Iraq en caso de ser propuesta ante el Consejo de Seguridad, lo que quiere decir que, en el fondo, la ONU se oponía a esa intervención. En mi opinión esa intervención sería ilegal y lo que me parece más lamentable es que los países miembros del Consejo no hayan sido capaces de llegar a un acuerdo acerca del plazo a conceder, de los avances en el desarme que deben observarse y de las sanciones a tomar.
En esto último, se han hecho numerosas propuestas alternativas a la guerra, entre ellas por ejemplo las de Michael Walzer en The New York Times.