Lucas Worcel utiliza su weblog para sacarle punta a la sociedad argentina y mundial

Circunstancialmente han sido los ciudadanos franceses, y previsiblemente los holandeses hoy, quienes han puesto de manifiesto que esta Constitución no es la que quieren los europeos. Incluso en los países que la han ratificado, los porcentajes de oposición y de abstención han sido considerables. Y eso a pesar de vergonzosas estrategias electorales que apenas han fomentado el entendimiento profundo del texto constitucional y sus objetivos.
Por tanto, el descontento con esta Constitución es notable. Pero eso no significa que los ciudadanos estén en contra de seguir adelante con la Unión Europea. No se percibe un sentimiento relevante de oposición a la Unión o a sus manifestaciones, como es el Euro. Los países que no están quieren estar y los que están quieren seguir. Pero, ¿cómo es posible entonces que se rechace una Constitución que apenas alteraba la Unión Europea tal cual es ahora?
Pues es posible porque los europeos están contentos con la Unión Europea de hoy sólo en la medida en que es una Unión en estado de evolución. La UE aporta ventajas, pero aún presenta muchas imperfecciones. Los europeos no quieren perpetuar la Unión actual, quieren que siga evolucionando.
Esta Constitución no aporta ninguna ventaja a los ciudadanos. Dado que no reemplaza a las constituciones de los estados, su ámbito es limitado y por tanto no puede esperarse mucho de ella. No es ambiciosa. Más aún, perpetúa a la UE tal cual es hoy, dificultando su evolución. Perpetúa el rígido sistema de adopción de decisiones que, con mínimas variaciones ha sido característico de la UE desde sus inicios, y por tanto hace más difícil aún reformar la Constitución que de por sí necesita un elevado grado de consenso. Las constituciones se caracterizan por su inmutabilidad, por su persistencia, y no podía esperarse que esta Constitución fuera a regirnos durante largo tiempo.
El rechazo explícito de Francia y Holanda, y el tácito del Reino Unido, no pueden dar lugar a dos uniones diferentes, una con Constitución y otra sin ella. Por el contrario, debe servir para replantear su oportunidad y su contenido. Las constituciones no son buenas por sí mismas y no existe una necesidad urgente por contar ya con un texto constitucional, como la que podía haber durante la transición española. Esa falta de urgencia permite posponerla y buscar una Constitución que convenza a 27 países y casi 500 millones de personas.
La nueva Constitución necesitará probablemente cambios de forma. El texto es pesado, aunque eso no es necesariamente malo en sí mismo. El problema en realidad es que se pretende abarcar un conjunto amplio de temas. No soy fanático de las legislaciones mínimas que en unos casos dan lugar a interpretaciones múltiples (políticas) y en otros dejan huecos relevantes, pero alcanzar un consenso suficiente exige plasmar un mínimo, aquel que refleja lo que desean tener en común los países que ya están y los candidatos a entrar en la UE y que permite a todos los ciudadanos conocerlo, entenderlo y defenderlo.
Y, entrando en el fondo, esa simplicidad no significa centrarse en enumerar los derechos de los ciudadanos, que por otra parte ya están reflejados en la Carta de Derechos Fundamentales, sino reforzar la democracia y la defensa de esos derechos. Lo que de verdad beneficiaría a los ciudadanos es un marco de actuación que guiara a su propio Estado, que defendiera sus derechos como europeo incluso frente a su nacionalidad. ¿Qué aportan unos derechos que dejan de aplicarse en cuanto mi Estado puede salir de la UE sin mi decisión o adherirse sólo a aquello que le conviene? Más aún, la Constitución debe asegurar igualdad de trato a todos los estados en cuanto incumplimiento de tratados o directivas, algo que ahora falta y que no contribuye nada a hacer la Unión.
Se requiere también una Constitución más ambiciosa en cuanto a la organización y las competencias de la Unión, con mayor participación directa de los ciudadanos y más competencias para la Comisión.
La Constitución sencilla, la que aporta y que se entiende, es la difícil. Aprovechemos el interés político del momento y la falta de urgencia para hacer una Constitución que dure, y no una que haya que cambiar cuando ya no se pueda.